lunes, 14 de marzo de 2022

El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija

En Chile, la Universidad Pública desaparece con el nacional-desarrollismo y, por ende, desaparece con la implantación de la Dictadura cívico-militar. En ese tiempo, el estatuto de lo público era también comprendido como nacional y con una acción preferente de lo estatal. Y es un tiempo relativamente breve de estabilidad, alrededor de treinta años, que va desde 1931 a 1962-1963, es decir desde la promulgación del Estatuto Orgánico de Enseñanza Universitaria que se hace cargo de la Constitución de 1925 a los inicios de las Reformas Universitarias, que fueron muchas y de distinto signo, dependiendo la universidad y la sede de esa universidad. No tuvo la misma intensidad en las sedes regionales de la entonces Universidad Técnica del Estado o en la Universidad Católica de Santiago, pero tendemos a pensar la reforma universitaria como solo una, pero en realidad es más bien un ciclo de descomposición de la idea de universidad nacional-desarrollista, de corte humanista y universalista que se correspondía a la vez con un tipo de intelectual de la misma índole y que participaba activamente en el espacio público desde la Universidad. 
 
Con las reformas universitarias se abre paso, por un periodo de más menos diez años, a la germinación de varios proyectos de universidad democrática-nacional y que se correspondía con otro tipo de intelectual, el comprometido, ya fuese revolucionario, reformista o contrarrevolucionario, pero que convivían en el espacio universitario. Ese proceso de gestación de la universidad democrática-nacional se ve interrumpido por el Golpe Militar. La primera etapa de intervención militar en las universidades, que es la etapa más dura y que transcurre desde el Golpe de Estado en 1973 hasta 1975, se caracteriza por un reacomodo de posiciones entre los sectores que habían quedado a la zaga en las reformas universitarias, particularmente los reformistas y contrarrevolucionarios, desplazando a los sectores revolucionarios en la toma de decisiones que se ven expulsados de la universidad y generan ese vacío de poder al ser exiliados, desaparecidos y exonerados. 
 
Después de esta razzia, que dura alrededor de un año y medio, lo que existe es la implantación de un modelo de universidad subsidiaria en la que los sectores intermedios, en este caso el estamento académico, gestiona a las universidades como su propiedad para generar una idea de lo público, y que se concreta con el DFL 1 de 1980 y con la Ley Orgánica Constitucional de Educación de 1990. El resto de los actores del mundo universitario, funcionarios y estudiantes, se transforman en irrelevantes desde el punto de vista del espacio universitario por carecer de esa capacidad de gestión del poder en ese espacio y solamente se presentan como reactivos a las decisiones del estamento académico, que hace efectivamente suya la universidad. 
 
También podría decir que desde 1975 se instala la idea y la forma de que la universidad es un espacio gestionado privadamente a través del aparato estatal (principalmente a través del financiamiento) para construir una idea de lo público que es, consecuentemente, la extensión de la voluntad de los privados, y que es una de las bases de la socialidad chilena de los últimos cincuenta años. Una manera clave e ilustrativa de entender este problema lo puedo enfocar desde el tipo de conformación del estamento académico, principalmente a través de la dinámica de inclusión/exclusión de quien ingresa a conformarlo. La mayoría de las veces responde a la capacidad de agencia que un individuo puede tener en el grupo académico, en el que se activan las redes de afiliación (ya sea a través de relaciones personales, de afinidad política o de intereses disciplinarios), en lo que es importante y determina la inserción es cuan receptiva es esa red a ese individuo, ya que eso da cartas de aceptación a la sociedad intermedia en la cual pretende establecerse. 
 
Los concursos académicos son fiel reflejo de este tipo de dinámicas, dados los requisitos que se establecen para que el nuevo agente muestre sus credenciales que le garantizan poder acceder a dicho espacio. A veces, incluso, no es necesario que muestre credenciales, su currículum, dado que la comunidad académica le abre sus puertas de antemano por sus redes de afiliación previa y el concurso se transforma en una mera formalidad administrativa que no se puede refutar dado que cumple con la regla de transparencia que se supone representa. Personalmente, he participado en varios concursos. 
 
Una vez llegué a la entrevista personal y otra vez me lo adjudiqué. Ahí lo que pesaba era mi curriculum porque no poseo esas redes de afiliación, o por lo menos no las tengo en esos espacios a los que postule. El 2018 postulé a un concurso en la Universidad de Chile, en el Departamento de Teoría de las Artes, en el área de Arte Latinoamericano, una mis especializaciones ya que mi tesis doctoral fue sobre la construcción conceptual de esa categoría entre 1960 y el 2000 a través de la crítica de artes y la curaduría. El requisito excluyente en ese concurso era estar en posesión del grado de Doctor en Historia y Teoría del Arte, que hasta donde se en esos momentos solamente se daba en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Essex. Esa condición generaba inmediatamente un corte gigantesco porque de todos los posibles participantes solamente podían concursas quienes habían obtenido su grado doctoral en esas dos universidades. Consecuentemente, ganó una persona que había estudiado en Buenos Aires y que según sé es amiga de la directora actual de dicho Departamento, con lo cual puedo pensar que ese concurso no fue más que una formalidad administrativa para ingresar a esa persona y que el concurso se diseñó a partir de su perfil en específico, eliminando de antemano cualquier posibilidad de "competencia" entre pares. En otras palabras, es una designación a dedo administrativamente correcta. 
 
Cuando escribo esto hay otro concurso en ese mismo Departamento en esa misma Universidad, para hacerse cargo del área de Arte Contemporáneo, Crítica y Curaduría producto de la vacancia que dejó la muerte del profesor que se hacía cargo de esa área hace casi dos años. En este caso, la medida de inclusión/exclusión se hace a la hora de la evaluación, donde se le da el mismo puntaje a las cartas de recomendación que a las publicaciones y participaciones en congresos, que tienen usualmente naturalezas distintas, una al ser producto, generalmente, de procesos de evaluación mientras que la otra responde exclusivamente de la relación de confianza que se tenga con quien la extiende. 
 
Sin embargo, uno de los elementos que se destacan y es llamativo en ese concurso es que haber realizado curaduría vale el doble que la publicación de escritos académicos o la participación en congresos de la misma naturaleza. Supongo que lo que ahí se busca es alguien con capacidad de redes con instituciones expositivas más que a alguien con un perfil propiamente académico-universitario. Lo extraño, por lo menos para mí, es que una universidad, la más importante de las “público-estatales”, no esté buscando a alguien que cumpla con un perfil académico-universitario sino que busque a un agente de campo que amplíe las redes de influencia o de contacto de ese Departamento y, por ende, de quienes la componen porque académico-universitariamente no tienen la capacidad. Para ello hay ya un nombre y que cumple con ese perfil: S.V., y espero equivocarme. Un departamento, una facultad, una universidad que necesita validarse de esa manera habla de las pocas capacidades e injerencia que tiene. Aunque claramente hay salvedades, mínimas pero las hay, porque su actividad intelectual es destacada y nadie podría decir lo contrario. 
 
No puedo defender bajo ningún punto de vista el carácter académico-universitario actual y las condiciones de alta especialización en las que se sobrevive, pero dado que esas son las condiciones del mundo universitario, sería lógico o por lo menos esperable que reproduzca su propio modelo. Esta situación tiene una explicación histórica: al existir un mercado del arte limitado, por no decir escueto, en el país, la universidad para el caso de las artes, y en este caso también de la historia y la teoría del arte, se transformó desde los años ochenta en un ámbito compensatorio para esos agentes que no lograron acceder a ese limitado mercado. No existen editoriales interesadas sostenidamente sobre estos temas, salvo una que cumple más con entregar servicios editoriales a autores y de posicionamiento de su propia marca. Nadie es referente de este tema a escala nacional y, menos aún, internacional, porque no existe como espacio de producción intelectual sino simplemente como espacio de relaciones personales, que se reproducen como por mitosis.
 
Años atrás, el entonces Decano de la Facultad de Artes propuso a un actual profesor de ese mismo Departamento en un Consejo de Facultad, en el que estuve presente, a que se le contratara porque había cumplido con el doctorado que el mismo Decano había formado unos años atrás y al que había invitado a este profesor, como él mismo asegura en una entrevista que le hiciera Federico Galende en su libro Filtraciones (originalmente en el volumen III de esa serie). Ese Decano además fue el director de tesis de este profesor. Y ese Decano ahora suena como posible candidato a Rector de la Universidad de Chile, aparentemente respaldado por el Frente Amplio. 
 
La universidad no es estatal, no es pública: es una corporación privada que construye lo público desde el aparato estatal. Es lo mismo que pasa con el caso Milico Gate, con el Paco Gate, con el Caso SQM, pero a escala mucho menor. Este pequeño ejemplo que acabo de exponer creo que ilustra muy bien esta situación. Años atrás se había identificado como endogamia por Mellado en varios escritos y varias de las ideas que circundan este texto vienen de ahí. 
 
La única ley que funciona en el sistema artístico chileno es que “el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija…”. Pero el árbol no deja ver el bosque. Hace falta una reforma universitaria para que haya, efectivamente, un bosque.

martes, 12 de enero de 2021

Arte, historia del arte e historiografía del arte en Chile. Apuntes de una ¿crisis? disciplinar III

Quizá una de las áreas donde la crisis de la historia del arte en Chile se manifiesta de manera más patente es en el de la investigación. Esta característica termina por establecer una reflexión teórica bastante potente pero que no tiene una determinación necesariamente investigativa. No es que reflexión e investigación sean enfoques o perspectivas encontradas, al punto de lo irreconciliable, sino que en Chile estas se manifiestan de esta manera.

En una conversación con un gran amigo y colega, él me planteaba la siguiente inquietud: “cuando le pregunto a la gente ligada al teatro que me nombren cinco historias del teatro chileno, este resulta un ejercicio casi imposible de completar porque no existen cinco”. Al trasladar ese ejercicio al mundo de las artes visuales, caí en cuenta de que tampoco se llega a ese número: tenemos crítica de artes de corte histórico, reflexión teórica en perspectiva histórica, narrativa historiográfica y una historiografía débil que aun no logra establecerse del todo. El corpus que se puede establecer en calidad de textos hace fácilmente identificable cada uno de los casilleros a manera de un inventario y disponer de una “taxonomía” que conforma el corpus escritural sobre la historia del arte en Chile.

Este es un problema de primer orden para las artes visuales chilenas. Lo digo así porque la propia dinámica de reproducción social se ve coartada por la forma en que la investigación se desarrolla en este espacio social de producción. Inclusive, podríamos llegar a plantear que los indicadores institucionales juegan en contra, con todo lo que gusta en este país de valorar los datos. Si se observan los últimos proyectos adjudicados por Fondecyt de ANID, la agencia chilena para la investigación, la presencia de la historia del arte es mínima, por no decir casi nula. Por ejemplo, de los 272 proyectos de postdoctorados adjudicados durante el año 2020, 1 se encuentra en la historia del arte pero desde la reflexión teórica. En el caso de los proyectos de investigación regulares, solo son 2 de 556. Esto no es una excepcionalidad porque los años anteriores el número es más menos el mismo.

Si se consideran los datos anteriores, que de ninguna manera son exhaustivos pero si se presentan como indicio de la situación, nos encontramos con un problema que se extiende a todas las instancias de la producción artística. Digo esto porque es la investigación una de las bases de la reflexión sobre el arte en la sociedad, en lo que significa y espera de él. Diríamos de otra manera: la investigación posibilita la reproducción social del arte al dotarle unos valores de uso que si no se despliegan están condenados a la mera autovalorización del valor. El arte, o mejor dicho la producción artística, si tiene aún un índice emancipatorio, aunque sea solo de manera disruptiva, es porque no radica necesariamente en las obras sino en todo un entramado social que lo hace posible y que posee, a su vez, una historia. En cuanto reflexión historiográfica, como cuerpo disciplinar, es por un corpus de problemas que tiene variaciones y se amplia: tiende a la acumulación a la vez que va disgregando y seleccionando su propio “cuerpo de problemas”. Creo que eso es a lo que refiere Marc Bloch en ¿Qué se le exige a la historia? cuando plantea que “la historia es la ciencia del cambio y, a muchos respectos, es la ciencia de las diferencias”.

Planteo lo anterior porque aún no tenemos un cuerpo de problemas que haga posible, siquiera imaginativamente, el establecimiento de la disciplina de la historia del arte en Chile. Recuerdo que para la exposición “De aquí a la modernidad”, curada por Gloria Cortés en el Museo Nacional de Bellas Artes, me llamó profundamente la atención tanto el título como la propuesta conceptual de la modernidad. En los muros del Museo se confundía modernidad con modernismo. En el catálogo se cita a Bolívar Echeverría —autor que personalmente he trabajado los últimos diez años desde que un gran amigo y colega me lo presentara— para presentar a la modernidad, pero la lectura no logra dar con la clave profunda de su conceptualización que ni siquiera el mismo Echeverría estaría de acuerdo con lo que se dice que él dice. Se piensa, ya desde el título, que la modernidad es un puerto de destino, una expectativa a cumplir, muy en la clave de la antropología y la sociología latinoamericana post-fracasos de la modernidad nacional-desarrollista para la cual América Latina fue “postmoderna” antes que moderna, en un intento por justificar un "realismo moderno-capitalista "que no se termina de cerrar y en el que la condición periférica del subcontinente solamente puede aspirar a cumplir ese destino, ahora configurado de manera neoliberal. Echeverría nos dice que América surge modernamente y su modernidad es de características distintas, cruzada por el mestizaje cultural y la codigofagia en un proceso de conquista que aún no termina, lo que reafirma esa postura de la intelectualidad postmoderna latinoamericana que se conforma con la participación en el reparto global como el invitado que cree que es su fiesta. 

“De aquí a la modernidad” no podría estar más lejos de Echeverría. ¿Cómo entender la modernidad en Chile? ¿Cuáles son las condiciones que la modernidad “en general” le vectoriza a la modernidad artística? ¿Cómo se entrecruzan con el proyecto de construcción de la nación en su forma estatal? ¿Se cumple cuando aparece la vanguardia? ¿Qué significa la vanguardia en Chile y cuáles son sus ciclos históricos de conformación? ¿Tiene vínculos la vanguardia con “la avanzada” en términos de conceptualización? Y así ad nauseam con una serie de preguntas que podrían configurar un cuerpo de problemas para nuestra débil historiografía.

Y la repercusión de esas preguntas está enfocada en la reproducción de la vida social, en cómo se comprende la actividad artística a lo largo y a lo ancho de la historia. Es, intuyo, un problema de densidad, de profundidad, y no un problema 

No falta quien piensa que hacer historia es trabajar con documentos en la expectativa que estos nos hablen o que podamos encontrar algo en ellos. La existencia de archivos garantizaría la existencia de la historiografía. ¿Es así? Creo que no. El documento se interroga, se lee porque este no entrega nada por sí mismo. Sí “todo documento de civilización es a su vez un documento de barbarie”, si existe la posibilidad de que el documento hable por sí mismo este nos dice cosas en lenguas cruzadas. Por eso al documento se le interroga para encontrar los reversos de la trama más visible. Cuando digo esto lo hago en la perspectiva de ese cuerpo de problemas que mencionaba con anterioridad. Y ese es el aspecto investigativo que en Chile ni siquiera se piensa en abordar, o no aún. Y es una ventaja para lo que está por venir y que lentamente se está configurando. 


lunes, 21 de diciembre de 2020

Arte, historia del arte e historiografía del arte en Chile. Apuntes de una ¿crisis? disciplinar II

 

Si el problema con la historiografía del arte en Chile está cruzado por la insuficiencia de su universitarización producto del déficit disciplinar mediante el cual se ha desarrollado, cabe hacerse la pregunta de dónde y cómo se desenvuelve. De manera provisional puedo decir que esta se hace de manera disgregada y discontinua. En las líneas siguientes intentaré explicar esto.

En dos artículos aparecidos en los Nº64 y 65 de la revista La Panera, que llevan por título “Nueva camada refresca la escritura teórica”[1] y “La historia del arte en Chile”[2] respectivamente, Ignacio Szmulewicz plantea la existencia de una dicotomía entre una escritura teórica compleja —asunto planteado inicialmente por Gerardo Mosquera en la introducción al “libro/catálogo” Copiar el edén. Arte reciente en Chile de 2006— y una historiografía del arte de talante formalista. En el primer grupo el autor reconoce a la escena escritural que se desarrolla desde los años setenta y que incluye a Nelly Richard —Márgenes e instituciones es uno de los libros centrales para acercarse a la producción artística “chilena” post Golpe de Estado de 1973—, Willy Thayer, Ronald Kay, Justo Pastor Mellado, Adriana Valdés, Sergio Rojas, Carlos Ossa, entre otros autores. En el segundo grupo posiciona solamente a Enrique Solanich[3], pero uno podría reconocer o incluir otros nombres como la dupla Milan Ivelic y Gaspar Galaz, Ricardo Bindis, Isabel Cruz o, inclusive, a Waldemar Sommers si se “corre el cerco”.

Esta dicotomía entre escrituras se puede enfocar a la vez como “bandos” que se disputan la historia del arte en Chile, fenómeno que también puede pensarse por lo menos desde dos aspectos. Primero, la posición institucional que ocupan durante la Dictadura y, segundo, el modelo teórico del arte desde el que plantean sus posturas, es decir, un “diferencial disciplinario”.

En relación al primer punto, la escena teórica se mueve durante la Dictadura por fuera de la institución universitaria y principalmente a través del catálogo de exposición o el libro editado independientemente. La escena historiográfica se mueve dentro de la universidad —particularmente “la Chile” y “la Católica”— y lo hace a través de libros editados institucionalmente o por sellos. No quiero decir que el tipo de publicación sea exclusivo de un grupo, sino que es su medio principal. Sobre el segundo punto, la escena teórica desarrolla un modelo teórico multidisciplinar a partir de la incorporación de la semiótica, la filosofía, la psicología o la sociología como elementos que abren la obra de arte a lecturas sobre “significantes” y “significados”; mientras que escena historiográfica prosigue con la tradición sobre el arte de fines del siglo XIX en el que las ideas de estilo u obra están marcados por el soporte material y por la calidad de las mismas. En cierta medida, la diferencia entre una y otra escena puede centrarse en la consideración de la historia del arte como el despliegue de dispositivos dentro de regímenes visuales versus la historia del arte como historia de las técnicas tradicionales de producción y reproducción de imágenes.

El problema que propone entonces esta dicotomía de escenas es cómo se construye la historia del arte, cuáles son sus marcos teórico-metodológicos y las disposiciones mediante las que organiza su objeto de estudio. Si subrayamos la dicotomía entre las dos escenas, podemos plantear que la separación entre historiografía y teoría del arte fue un fenómeno inevitable producto de la organización institucional y la capacidad de inserción en la universidad de ambos grupos, sectores o bandos. En este sentido los escritos de Szmulewicz son provechosos por lo menos como un primer acercamiento liminar a este problema, particularmente si son enfocados desde una trama institucional compleja.

¿Pero qué y cómo es la historia del arte? Una pregunta que por más anodina que parezca guarda en su interior un índice insoslayable para la definición disciplinar. ¿Es la historia de los artistas, sus obras y los estilos? ¿Acaso es la historia de la construcción social del arte? ¿Es la historia de una autonomía productiva como dominio específicamente moderno? ¿Es la historia de las imágenes en tanto producción material con una dimensión simbólica? Particularmente considero que son todas y que, transformado como cuerpo de problemas, puede ser pensado desde la óptica de la construcción social de un concepto que se despliega en el tiempo y en el espacio, lo que conlleva el despliegue hacia el interior y el exterior de otros problemas. Sin embargo, es un problema de índole netamente discursivo, en la acepción que hace Foucault del término.

Quizá uno de los principales problemas para la historia del arte en Chile es que no ha logrado compatibilizar en su centro, como núcleo, tanto a la teoría como a la historiografía producto de la brecha social e institucional que se impuso con la Dictadura desde 1973. Si como decía anteriormente, la divergencia en facciones de una y otra matriz discursiva entre la década de 1970 y la de 1980 está marcada por la circulación institucional-universitaria, que durante ese período está copada por esa historiografía tradicional, en la postdictadura el panorama se invierte al ser dominada por la teoría relegando a la historiografía a un lugar marginal dentro de la institucionalidad universitaria. Entonces nos encontramos con un panorama en que el divorcio entre teoría e historiografía del arte es patente y producto de las tramas sociales que la determinan a priori y que no tienen una relación interior en la historia del arte, por tanto este divorcio es producto de un decurso histórico específico.

El primer texto de Szmulewicz es claro en ese punto: una generación más joven está reconociendo a través de sus propios trabajos que ese divorcio es inútil e improductivo. Quizá sea tiempo de que esa generación intente pasar a un espacio dominante y que elimine esa mala práctica divergente para poder plantear una salida a la crisis actual que se vive en el país en torno al arte, la historia y la historiografía.



[1] http://lapanera.cl/sitio/wp-content/uploads/2018/12/Panera-64-baja.pdf

[2] http://lapanera.cl/sitio/wp-content/uploads/2018/12/Panera-65-baja.pdf

[3] En el año 2004 tuve con él el curso de Arte Chileno I, que abarcaba hasta el siglo XIX. En una ocasión, mientras indicaba “bibliografía” para el examen final, dijo que para reconocer un buen libro de historia del arte había que fijarse en la encuadernación del mismo, particularmente si el lomo era de cuero. Si bien es una anécdota, creo que puede aportar para el punto que articula Szmulewicz.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Arte, historia del arte e historiografía del arte en Chile. Apuntes de una ¿crisis? disciplinar I

 

Por lo menos hace veinte años que se viene escuchando que en Chile la historia del arte, como espacio disciplinar específico, está en crisis. Este estado de las cosas puede estar sustentado por varios factores pero el que resulta más significativo es el de su poca o casi nula presencia en instituciones universitarias, que se nos presentan como el espacio social donde la modernidad dispuso que la producción de conocimientos debía encontrar y/o generar un lugar en el que “cultivarse”.

Pero si el factor de la universitarización débil de la historia del arte es uno de los principales condicionantes de esta crisis, entonces el asunto se puede rastrear hasta los comienzos de la universitarización de las artes en Chile, lo que nos retrotrae hasta mediados del siglo XIX. Si se piensa desde este enfoque, podríamos plantear provisoriamente que “Apuntes sobre lo que han sido las bellas artes en Chile” de Miguel Luis Amunátegui (1849)[1] es uno de los puntales que al momento de estar fundando una forma de pensamiento sobre las artes inaugura su crisis.

Digo inaugura porque en los planteamientos de Amunategui es posible encontrar al gusto como uno de los elementos que delinean esta historia del arte en Chile y que se traslada hasta el siglo XX con autores como Antonio Romera, quien a partir de sus propias categorías organiza una cierta manera de entender el despliegue histórico del arte por estas tierras. En esta perspectiva, la historia del arte en Chile desde Amunategui es más bien una forma de reflexión de la crítica de artes, en el sentido de que lo que se juega en ella es principalmente una cierta valoración de obras y conjuntos de estas que logran plasmar algún desarrollo del arte. Así, la historia del arte en Chile mantuvo desde su aparición a mediados del siglo XIX un talante civilizatorio que justificaba una manera de afrontar el problema del arte en el país y que, a su vez, era signo del “progreso civilizatorio” de la nación en su autoconformación a partir del aparato estatal. Por ello la tesis marginal de Sergio Rojas sobre si la única historia posible del arte chileno sería una historia de la academia en Chile[2] resulta tan determinante a la hora de pensar las relaciones posibles entre arte, historia e historiografía como disposición diferenciada de espacios productivos o discursos específicos con intereses distintos.

Si se asume esta diferencia entre arte, historiografía e historia, podemos plantear que la historiografía del arte como espacio de desarrollo de conocimiento estuvo por fuera de la universidad y que su incorporación a esta última es sumamente tardía. Si bien su enseñanza se considera en la formación de artistas desde la época en que Pedro Lira dictara un curso en la Sección de Bellas Artes, el que se basaba en la publicación de Hipólito Taine “Filosofía del arte” y que Lira tradujo en 1869, solo en 1902 se incorpora como curso obligatorio en el curriculum bajo el título de Estética e historia de las bellas artes. Producto del ciclo de reformas universitarias que se dan a lo largo de todo el país en los largos años sesenta, la Universidad de Chile crea en 1969 en la Facultad de Bellas Artes el Departamento de Historia y Teoría del Arte, cuya finalidad dentro del marco organizacional de esa reforma era investigativa y de apoyo para la Facultad.

A partir de la promulgación del DFL N° 3541 de 30 de diciembre de 1980 que fija las normas sobre la reestructuración de las universidades chilenas, es que la Universidad de Chile a través del DFL N° 153 del Ministerio de Educación fija su nuevo estatuto orgánico en 1981, que transforma los departamentos universitarios en la unidad mínima de enseñanza e investigación, lo que transforma consecuentemente al Departamento de Historia y Teoría del Arte. En 1983 se funda el Magíster en Artes mención Teoría e Historia del Arte a través del Decreto Universitario Exento N° 00665. El grado de Magíster según la nueva normativa estipulaba que “es el que se otorga al alumno licenciado de una universidad que ha aprobado un programa de estudios de profundización en una o más de las disciplinas de que se trate”[3].

Desde ahí, no ha pasado mucho en la historiografía del arte en términos de conformación disciplinar. Si bien en la década del 2000 la Universidad Internacional SEK entregó una licenciatura en historia del arte, esta se enfocó en la restauración producto de la necesidad de profesionalizar a sus graduados. Un caso particular es la Licenciatura en Teoría e Historia del Arte de la Universidad Alberto Hurtado, que en cierta medida replica el enfoque que da la Universidad de Chile y que, a diferencia de esta última, se aloja en su Departamento de Artes de la Facultad de Filosofía y Humanidades y con tasas de graduación bajísimas.

Sin embargo, es la Universidad Alberto Hurtado donde las labores disciplinares de la historiografía del arte se han desarrollado con mayor profundidad, principalmente a través de las publicaciones de su serie Documentos para la comprensión de la historia del arte en Chile[4]. En la Universidad de Chile si bien hubo algunos intentos por fortalecer la disciplina —como el fallido Centro de Investigación y Documentación presentado el 2009 y del que no se supo más—, finalmente se ha mermado la historiografía del arte. Ejemplo de esto es el cambio del nombre del departamento donde ella se alojaba al de Departamento de Teoría de las Artes.

Si bien este cambio puede ser formal denota ciertas continuidades que se han venido desarrollando a lo largo del tiempo. Ejemplo de esto es la inexistencia de un programa de doctorado en historia del arte en todo el país, situación constatada desde principios de la década del 2000. Cuando era estudiante en la Universidad de Chile en el año 2004 realizamos una toma del recinto universitario de Las Encinas en donde planteamos que era menester desarrollar una reestructuración del Departamento —en esa época aún de Historia y Teoría de las Artes—, asunto que en esos momentos se enfocaba desde la necesidad de cambios en la planta académica y desarrollar un plan de continuidad de estudios y su reformulación —en esa época teníamos un plan de estudios anual que “pegoteaba” distintas materias de manera no muy lógica—. A lo que se llegó a lo largo del trabajo de comisiones fue la posibilidad de que estudiantes de último año pudieran tomar cursos en el programa de Magíster en Artes con mención en Teoría e Historia de las Artes y a la reestructuración del plan de estudios, que derivó en la semestralización del mismo y la incoporación de nuevos cursos.

En 2019 este Departamento convocó a un encuentro entre egresados de la licenciatura[5] para debatir en torno a cuatro ejes: 1) Investigación y ámbito académico; 2) Educación no formal y mediación cultural; 3) Patrimonio y memorias, restauración y conservación y; 4) Trabajadores/as del arte contemporáneo. El encuentro se desarrollo el 21 de Junio de 2019 en la sede de Las Encinas. Particularmente me interesaba la primera mesa y ante la pregunta sobre la inexistencia de un programa de doctorado en historia del arte en la Universidad de Chile, la académica y directora del Departamento en Teoría de las Artes, Maria Elena Múñoz, dio la misma respuesta que se nos había dado en 2004: no hay masa crítica suficiente para elaborar un doctorado de esas características. O sea, en 15 años no se avanzó en la materia.

Ya en el epílogo del libro “Un tiempo sin fisuras. La institución moderna del arte en Chile (1947-1968), con Eva Cancino habíamos advertido la situación de la débil universitarización de la artes en el país, y veíamos como un problema disciplinar la inexistencia de la historia del arte como un espacio específico en el mundo universitario nacional a través de los propios mecanismos que en este mundo se imponen. Así, la diferencia entre arte, historia e historiografía no es del todo clara y tienden a confundirse en su localización discursiva, sin considerar siquiera los problemas asociados cuando a este corpus se ingresan otras modalidades de pensamiento, como la estética, la teoría, la sociología, la psicología, la antropología o la filosofía del arte. Si se hiciera una diferenciación, quizá el panorama sería otro, pero debería ingresarse al registro de la historiografía.

Para concluir esta entrada, y retomando lo dicho en el principio, la crisis no es de la historia del arte: la crisis es de la historiografía del arte en Chile que no se ha logrado validar aun como campo disciplinar en la universidad, que es el espacio social donde ella se “cultiva” en la modernidad y que en Chile es gravitante.



[1] http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:81309

[2] Rojas, Sergio. Las obras y sus relatos. Santiago: Ediciones Universidad ARCIS, 2004, p. 37, nota 4.

[3] http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:8701

[4] http://documentosartechile.cl/

[5] http://www.artes.uchile.cl/noticias/154221/depto-de-teoria-de-las-artes-impulsa-primer-encuentro-de-egresados

jueves, 11 de mayo de 2017

Oficio sobre la actividad comunista


La política de S.E. el Presidente de la República frente al comunismo es clara y patriótica.- Al condenarlo y sancionar las actividades de sus prosélitos, ni su Excelencia ni los miembros de su Gabinete pretenden perseguir ideologías ni desconocer lo sagrados derechos de la libertad de pensar y de la libertad de conciencia.- cumplen sólo con el deber primordial de mantener el orden público y de resguardar las instituciones fundamentales de la nación.- No es, en efecto, una inocente actitud ideológica ni el simple ejercicio de la libertad de pensar organizar huelgas en los centros de actividades esenciales como lo fueron las llevadas a cabo el año pasado en la zona carbonífera, en las salitreras, en los establecimientos cupríferos y en servicios públicos tan fundamentales como los ferrocarriles y correos y telégrafos.- Estas agitaciones condenables han estado encaminadas a estrangular la vida económica y social de la nación, subvertir el orden y producir la revolución y el caos en beneficio de los ambiciosos planes del comunismo internacional.-

La política apuntada ha merecido la aprobación unánime de toda la ciudadanía, que, en manifestaciones clamorosas, ha hecho sentir al Primer Mandatario su adhesión y aplauso. Corresponde esa política también a la posición que todas las democracias deben tomar en la hora presente.- ante las ambiciones de dominio, imperialistas y avasalladoras, de que da pruebas inequívocas la Rusia soviética y totalitaria, es una reciente mues [pág. 1] tra de ello la triste suerte de la desgraciada Cheqoeslovaquia, las democracias tienen la obligación de defender sus instituciones fundamentales, en la seguridad, además, de que al proceder así, defienden los valores esenciales de la civilización occidental.

Corresponde a las autoridades educacionales cooperar decididamente a la patriótica política de S.E. el Presidente de la república. Es, sin embargo, de sobra sabido, que el comunismo ha contado por desgracia para la colectividad chilena, con ardientes y resueltos partidarios en el profesorado, sobre todo en los maestros de grado primario, sin que esto quiera decir que no los haya también en los de enseñanza secundaria. A este hecho lamentable en sí, hay que agregar la circunstancia apenas explicable de que los inspectores escolares y jefes de establecimientos educacionales han parecido ignorarlo por completo. Al Ministerio no han llegado generalmente informaciones al respecto, sino de vecinos alarmados, directamente o por medio de la prensa, y de parlamentarios. Los mencionados funcionarios no han dado muestra por lo común de que se hayan dado cuenta del problema, de que se hayan preocupado de él ni de que hayan hecho a sus subalternos las observaciones que habrían sido de rigor para sofocar el mal o impedir que cundiera. Es verdad también que no han faltado entre los mismos inspectores escolares, lo que es aun más de deplorar, militantes del comunismo.

Como, a pesar de las medidas tomadas por el Supremo Gobierno, siempre llegan quejas al Ministerio de desmanes de profesores comunistas, considero indispensable, para evitar más funestas consecuencias, que los inspectores escolares y los jefes de establecimientos educacionales redoblen su vigilancia al respecto y hagan saber al personal de su dependencia que la propaganda y actividades comunistas son incompatibles con las fun [pág.2] ciones de educador de una república que quiere mantener sus instituciones democráticas.- Los mencionados jefes e inspectores deben dar cuenta al Ministerio o a la correspondiente Dirección general de lo que lleven a cabo en el sentido indicado, de los resultados de su acción y de los casos en que ésta pueda haber sido inoperante.

Ruego a Uds. impartir sobre el particular las instrucciones pertinentes.-

Saluda atentamente a Uds.-

Enrique Molina.


En.- Archivo Nacional de Chile, Fondo Ministerio de Educación, Volumen 10629, Oficio 194.