lunes, 21 de diciembre de 2020

Arte, historia del arte e historiografía del arte en Chile. Apuntes de una ¿crisis? disciplinar II

 

Si el problema con la historiografía del arte en Chile está cruzado por la insuficiencia de su universitarización producto del déficit disciplinar mediante el cual se ha desarrollado, cabe hacerse la pregunta de dónde y cómo se desenvuelve. De manera provisional puedo decir que esta se hace de manera disgregada y discontinua. En las líneas siguientes intentaré explicar esto.

En dos artículos aparecidos en los Nº64 y 65 de la revista La Panera, que llevan por título “Nueva camada refresca la escritura teórica”[1] y “La historia del arte en Chile”[2] respectivamente, Ignacio Szmulewicz plantea la existencia de una dicotomía entre una escritura teórica compleja —asunto planteado inicialmente por Gerardo Mosquera en la introducción al “libro/catálogo” Copiar el edén. Arte reciente en Chile de 2006— y una historiografía del arte de talante formalista. En el primer grupo el autor reconoce a la escena escritural que se desarrolla desde los años setenta y que incluye a Nelly Richard —Márgenes e instituciones es uno de los libros centrales para acercarse a la producción artística “chilena” post Golpe de Estado de 1973—, Willy Thayer, Ronald Kay, Justo Pastor Mellado, Adriana Valdés, Sergio Rojas, Carlos Ossa, entre otros autores. En el segundo grupo posiciona solamente a Enrique Solanich[3], pero uno podría reconocer o incluir otros nombres como la dupla Milan Ivelic y Gaspar Galaz, Ricardo Bindis, Isabel Cruz o, inclusive, a Waldemar Sommers si se “corre el cerco”.

Esta dicotomía entre escrituras se puede enfocar a la vez como “bandos” que se disputan la historia del arte en Chile, fenómeno que también puede pensarse por lo menos desde dos aspectos. Primero, la posición institucional que ocupan durante la Dictadura y, segundo, el modelo teórico del arte desde el que plantean sus posturas, es decir, un “diferencial disciplinario”.

En relación al primer punto, la escena teórica se mueve durante la Dictadura por fuera de la institución universitaria y principalmente a través del catálogo de exposición o el libro editado independientemente. La escena historiográfica se mueve dentro de la universidad —particularmente “la Chile” y “la Católica”— y lo hace a través de libros editados institucionalmente o por sellos. No quiero decir que el tipo de publicación sea exclusivo de un grupo, sino que es su medio principal. Sobre el segundo punto, la escena teórica desarrolla un modelo teórico multidisciplinar a partir de la incorporación de la semiótica, la filosofía, la psicología o la sociología como elementos que abren la obra de arte a lecturas sobre “significantes” y “significados”; mientras que escena historiográfica prosigue con la tradición sobre el arte de fines del siglo XIX en el que las ideas de estilo u obra están marcados por el soporte material y por la calidad de las mismas. En cierta medida, la diferencia entre una y otra escena puede centrarse en la consideración de la historia del arte como el despliegue de dispositivos dentro de regímenes visuales versus la historia del arte como historia de las técnicas tradicionales de producción y reproducción de imágenes.

El problema que propone entonces esta dicotomía de escenas es cómo se construye la historia del arte, cuáles son sus marcos teórico-metodológicos y las disposiciones mediante las que organiza su objeto de estudio. Si subrayamos la dicotomía entre las dos escenas, podemos plantear que la separación entre historiografía y teoría del arte fue un fenómeno inevitable producto de la organización institucional y la capacidad de inserción en la universidad de ambos grupos, sectores o bandos. En este sentido los escritos de Szmulewicz son provechosos por lo menos como un primer acercamiento liminar a este problema, particularmente si son enfocados desde una trama institucional compleja.

¿Pero qué y cómo es la historia del arte? Una pregunta que por más anodina que parezca guarda en su interior un índice insoslayable para la definición disciplinar. ¿Es la historia de los artistas, sus obras y los estilos? ¿Acaso es la historia de la construcción social del arte? ¿Es la historia de una autonomía productiva como dominio específicamente moderno? ¿Es la historia de las imágenes en tanto producción material con una dimensión simbólica? Particularmente considero que son todas y que, transformado como cuerpo de problemas, puede ser pensado desde la óptica de la construcción social de un concepto que se despliega en el tiempo y en el espacio, lo que conlleva el despliegue hacia el interior y el exterior de otros problemas. Sin embargo, es un problema de índole netamente discursivo, en la acepción que hace Foucault del término.

Quizá uno de los principales problemas para la historia del arte en Chile es que no ha logrado compatibilizar en su centro, como núcleo, tanto a la teoría como a la historiografía producto de la brecha social e institucional que se impuso con la Dictadura desde 1973. Si como decía anteriormente, la divergencia en facciones de una y otra matriz discursiva entre la década de 1970 y la de 1980 está marcada por la circulación institucional-universitaria, que durante ese período está copada por esa historiografía tradicional, en la postdictadura el panorama se invierte al ser dominada por la teoría relegando a la historiografía a un lugar marginal dentro de la institucionalidad universitaria. Entonces nos encontramos con un panorama en que el divorcio entre teoría e historiografía del arte es patente y producto de las tramas sociales que la determinan a priori y que no tienen una relación interior en la historia del arte, por tanto este divorcio es producto de un decurso histórico específico.

El primer texto de Szmulewicz es claro en ese punto: una generación más joven está reconociendo a través de sus propios trabajos que ese divorcio es inútil e improductivo. Quizá sea tiempo de que esa generación intente pasar a un espacio dominante y que elimine esa mala práctica divergente para poder plantear una salida a la crisis actual que se vive en el país en torno al arte, la historia y la historiografía.



[1] http://lapanera.cl/sitio/wp-content/uploads/2018/12/Panera-64-baja.pdf

[2] http://lapanera.cl/sitio/wp-content/uploads/2018/12/Panera-65-baja.pdf

[3] En el año 2004 tuve con él el curso de Arte Chileno I, que abarcaba hasta el siglo XIX. En una ocasión, mientras indicaba “bibliografía” para el examen final, dijo que para reconocer un buen libro de historia del arte había que fijarse en la encuadernación del mismo, particularmente si el lomo era de cuero. Si bien es una anécdota, creo que puede aportar para el punto que articula Szmulewicz.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Arte, historia del arte e historiografía del arte en Chile. Apuntes de una ¿crisis? disciplinar I

 

Por lo menos hace veinte años que se viene escuchando que en Chile la historia del arte, como espacio disciplinar específico, está en crisis. Este estado de las cosas puede estar sustentado por varios factores pero el que resulta más significativo es el de su poca o casi nula presencia en instituciones universitarias, que se nos presentan como el espacio social donde la modernidad dispuso que la producción de conocimientos debía encontrar y/o generar un lugar en el que “cultivarse”.

Pero si el factor de la universitarización débil de la historia del arte es uno de los principales condicionantes de esta crisis, entonces el asunto se puede rastrear hasta los comienzos de la universitarización de las artes en Chile, lo que nos retrotrae hasta mediados del siglo XIX. Si se piensa desde este enfoque, podríamos plantear provisoriamente que “Apuntes sobre lo que han sido las bellas artes en Chile” de Miguel Luis Amunátegui (1849)[1] es uno de los puntales que al momento de estar fundando una forma de pensamiento sobre las artes inaugura su crisis.

Digo inaugura porque en los planteamientos de Amunategui es posible encontrar al gusto como uno de los elementos que delinean esta historia del arte en Chile y que se traslada hasta el siglo XX con autores como Antonio Romera, quien a partir de sus propias categorías organiza una cierta manera de entender el despliegue histórico del arte por estas tierras. En esta perspectiva, la historia del arte en Chile desde Amunategui es más bien una forma de reflexión de la crítica de artes, en el sentido de que lo que se juega en ella es principalmente una cierta valoración de obras y conjuntos de estas que logran plasmar algún desarrollo del arte. Así, la historia del arte en Chile mantuvo desde su aparición a mediados del siglo XIX un talante civilizatorio que justificaba una manera de afrontar el problema del arte en el país y que, a su vez, era signo del “progreso civilizatorio” de la nación en su autoconformación a partir del aparato estatal. Por ello la tesis marginal de Sergio Rojas sobre si la única historia posible del arte chileno sería una historia de la academia en Chile[2] resulta tan determinante a la hora de pensar las relaciones posibles entre arte, historia e historiografía como disposición diferenciada de espacios productivos o discursos específicos con intereses distintos.

Si se asume esta diferencia entre arte, historiografía e historia, podemos plantear que la historiografía del arte como espacio de desarrollo de conocimiento estuvo por fuera de la universidad y que su incorporación a esta última es sumamente tardía. Si bien su enseñanza se considera en la formación de artistas desde la época en que Pedro Lira dictara un curso en la Sección de Bellas Artes, el que se basaba en la publicación de Hipólito Taine “Filosofía del arte” y que Lira tradujo en 1869, solo en 1902 se incorpora como curso obligatorio en el curriculum bajo el título de Estética e historia de las bellas artes. Producto del ciclo de reformas universitarias que se dan a lo largo de todo el país en los largos años sesenta, la Universidad de Chile crea en 1969 en la Facultad de Bellas Artes el Departamento de Historia y Teoría del Arte, cuya finalidad dentro del marco organizacional de esa reforma era investigativa y de apoyo para la Facultad.

A partir de la promulgación del DFL N° 3541 de 30 de diciembre de 1980 que fija las normas sobre la reestructuración de las universidades chilenas, es que la Universidad de Chile a través del DFL N° 153 del Ministerio de Educación fija su nuevo estatuto orgánico en 1981, que transforma los departamentos universitarios en la unidad mínima de enseñanza e investigación, lo que transforma consecuentemente al Departamento de Historia y Teoría del Arte. En 1983 se funda el Magíster en Artes mención Teoría e Historia del Arte a través del Decreto Universitario Exento N° 00665. El grado de Magíster según la nueva normativa estipulaba que “es el que se otorga al alumno licenciado de una universidad que ha aprobado un programa de estudios de profundización en una o más de las disciplinas de que se trate”[3].

Desde ahí, no ha pasado mucho en la historiografía del arte en términos de conformación disciplinar. Si bien en la década del 2000 la Universidad Internacional SEK entregó una licenciatura en historia del arte, esta se enfocó en la restauración producto de la necesidad de profesionalizar a sus graduados. Un caso particular es la Licenciatura en Teoría e Historia del Arte de la Universidad Alberto Hurtado, que en cierta medida replica el enfoque que da la Universidad de Chile y que, a diferencia de esta última, se aloja en su Departamento de Artes de la Facultad de Filosofía y Humanidades y con tasas de graduación bajísimas.

Sin embargo, es la Universidad Alberto Hurtado donde las labores disciplinares de la historiografía del arte se han desarrollado con mayor profundidad, principalmente a través de las publicaciones de su serie Documentos para la comprensión de la historia del arte en Chile[4]. En la Universidad de Chile si bien hubo algunos intentos por fortalecer la disciplina —como el fallido Centro de Investigación y Documentación presentado el 2009 y del que no se supo más—, finalmente se ha mermado la historiografía del arte. Ejemplo de esto es el cambio del nombre del departamento donde ella se alojaba al de Departamento de Teoría de las Artes.

Si bien este cambio puede ser formal denota ciertas continuidades que se han venido desarrollando a lo largo del tiempo. Ejemplo de esto es la inexistencia de un programa de doctorado en historia del arte en todo el país, situación constatada desde principios de la década del 2000. Cuando era estudiante en la Universidad de Chile en el año 2004 realizamos una toma del recinto universitario de Las Encinas en donde planteamos que era menester desarrollar una reestructuración del Departamento —en esa época aún de Historia y Teoría de las Artes—, asunto que en esos momentos se enfocaba desde la necesidad de cambios en la planta académica y desarrollar un plan de continuidad de estudios y su reformulación —en esa época teníamos un plan de estudios anual que “pegoteaba” distintas materias de manera no muy lógica—. A lo que se llegó a lo largo del trabajo de comisiones fue la posibilidad de que estudiantes de último año pudieran tomar cursos en el programa de Magíster en Artes con mención en Teoría e Historia de las Artes y a la reestructuración del plan de estudios, que derivó en la semestralización del mismo y la incoporación de nuevos cursos.

En 2019 este Departamento convocó a un encuentro entre egresados de la licenciatura[5] para debatir en torno a cuatro ejes: 1) Investigación y ámbito académico; 2) Educación no formal y mediación cultural; 3) Patrimonio y memorias, restauración y conservación y; 4) Trabajadores/as del arte contemporáneo. El encuentro se desarrollo el 21 de Junio de 2019 en la sede de Las Encinas. Particularmente me interesaba la primera mesa y ante la pregunta sobre la inexistencia de un programa de doctorado en historia del arte en la Universidad de Chile, la académica y directora del Departamento en Teoría de las Artes, Maria Elena Múñoz, dio la misma respuesta que se nos había dado en 2004: no hay masa crítica suficiente para elaborar un doctorado de esas características. O sea, en 15 años no se avanzó en la materia.

Ya en el epílogo del libro “Un tiempo sin fisuras. La institución moderna del arte en Chile (1947-1968), con Eva Cancino habíamos advertido la situación de la débil universitarización de la artes en el país, y veíamos como un problema disciplinar la inexistencia de la historia del arte como un espacio específico en el mundo universitario nacional a través de los propios mecanismos que en este mundo se imponen. Así, la diferencia entre arte, historia e historiografía no es del todo clara y tienden a confundirse en su localización discursiva, sin considerar siquiera los problemas asociados cuando a este corpus se ingresan otras modalidades de pensamiento, como la estética, la teoría, la sociología, la psicología, la antropología o la filosofía del arte. Si se hiciera una diferenciación, quizá el panorama sería otro, pero debería ingresarse al registro de la historiografía.

Para concluir esta entrada, y retomando lo dicho en el principio, la crisis no es de la historia del arte: la crisis es de la historiografía del arte en Chile que no se ha logrado validar aun como campo disciplinar en la universidad, que es el espacio social donde ella se “cultiva” en la modernidad y que en Chile es gravitante.



[1] http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:81309

[2] Rojas, Sergio. Las obras y sus relatos. Santiago: Ediciones Universidad ARCIS, 2004, p. 37, nota 4.

[3] http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/visor/BND:8701

[4] http://documentosartechile.cl/

[5] http://www.artes.uchile.cl/noticias/154221/depto-de-teoria-de-las-artes-impulsa-primer-encuentro-de-egresados