Quizá una de las áreas donde la crisis de la historia del arte en Chile se manifiesta de manera más patente es en el de la investigación. Esta característica termina por establecer una reflexión teórica bastante potente pero que no tiene una determinación necesariamente investigativa. No es que reflexión e investigación sean enfoques o perspectivas encontradas, al punto de lo irreconciliable, sino que en Chile estas se manifiestan de esta manera.
En una conversación con un gran amigo y colega, él me planteaba la siguiente inquietud: “cuando le pregunto a la gente ligada al teatro que me nombren cinco historias del teatro chileno, este resulta un ejercicio casi imposible de completar porque no existen cinco”. Al trasladar ese ejercicio al mundo de las artes visuales, caí en cuenta de que tampoco se llega a ese número: tenemos crítica de artes de corte histórico, reflexión teórica en perspectiva histórica, narrativa historiográfica y una historiografía débil que aun no logra establecerse del todo. El corpus que se puede establecer en calidad de textos hace fácilmente identificable cada uno de los casilleros a manera de un inventario y disponer de una “taxonomía” que conforma el corpus escritural sobre la historia del arte en Chile.
Este es un problema de primer orden para las artes visuales chilenas. Lo digo así porque la propia dinámica de reproducción social se ve coartada por la forma en que la investigación se desarrolla en este espacio social de producción. Inclusive, podríamos llegar a plantear que los indicadores institucionales juegan en contra, con todo lo que gusta en este país de valorar los datos. Si se observan los últimos proyectos adjudicados por Fondecyt de ANID, la agencia chilena para la investigación, la presencia de la historia del arte es mínima, por no decir casi nula. Por ejemplo, de los 272 proyectos de postdoctorados adjudicados durante el año 2020, 1 se encuentra en la historia del arte pero desde la reflexión teórica. En el caso de los proyectos de investigación regulares, solo son 2 de 556. Esto no es una excepcionalidad porque los años anteriores el número es más menos el mismo.
Si se consideran los datos anteriores, que de ninguna manera son exhaustivos pero si se presentan como indicio de la situación, nos encontramos con un problema que se extiende a todas las instancias de la producción artística. Digo esto porque es la investigación una de las bases de la reflexión sobre el arte en la sociedad, en lo que significa y espera de él. Diríamos de otra manera: la investigación posibilita la reproducción social del arte al dotarle unos valores de uso que si no se despliegan están condenados a la mera autovalorización del valor. El arte, o mejor dicho la producción artística, si tiene aún un índice emancipatorio, aunque sea solo de manera disruptiva, es porque no radica necesariamente en las obras sino en todo un entramado social que lo hace posible y que posee, a su vez, una historia. En cuanto reflexión historiográfica, como cuerpo disciplinar, es por un corpus de problemas que tiene variaciones y se amplia: tiende a la acumulación a la vez que va disgregando y seleccionando su propio “cuerpo de problemas”. Creo que eso es a lo que refiere Marc Bloch en ¿Qué se le exige a la historia? cuando plantea que “la historia es la ciencia del cambio y, a muchos respectos, es la ciencia de las diferencias”.
Planteo lo anterior porque aún no tenemos un cuerpo de problemas que haga posible, siquiera imaginativamente, el establecimiento de la disciplina de la historia del arte en Chile. Recuerdo que para la exposición “De aquí a la modernidad”, curada por Gloria Cortés en el Museo Nacional de Bellas Artes, me llamó profundamente la atención tanto el título como la propuesta conceptual de la modernidad. En los muros del Museo se confundía modernidad con modernismo. En el catálogo se cita a Bolívar Echeverría —autor que personalmente he trabajado los últimos diez años desde que un gran amigo y colega me lo presentara— para presentar a la modernidad, pero la lectura no logra dar con la clave profunda de su conceptualización que ni siquiera el mismo Echeverría estaría de acuerdo con lo que se dice que él dice. Se piensa, ya desde el título, que la modernidad es un puerto de destino, una expectativa a cumplir, muy en la clave de la antropología y la sociología latinoamericana post-fracasos de la modernidad nacional-desarrollista para la cual América Latina fue “postmoderna” antes que moderna, en un intento por justificar un "realismo moderno-capitalista "que no se termina de cerrar y en el que la condición periférica del subcontinente solamente puede aspirar a cumplir ese destino, ahora configurado de manera neoliberal. Echeverría nos dice que América surge modernamente y su modernidad es de características distintas, cruzada por el mestizaje cultural y la codigofagia en un proceso de conquista que aún no termina, lo que reafirma esa postura de la intelectualidad postmoderna latinoamericana que se conforma con la participación en el reparto global como el invitado que cree que es su fiesta.
“De aquí a la modernidad” no podría estar más lejos de Echeverría. ¿Cómo entender la modernidad en Chile? ¿Cuáles son las condiciones que la modernidad “en general” le vectoriza a la modernidad artística? ¿Cómo se entrecruzan con el proyecto de construcción de la nación en su forma estatal? ¿Se cumple cuando aparece la vanguardia? ¿Qué significa la vanguardia en Chile y cuáles son sus ciclos históricos de conformación? ¿Tiene vínculos la vanguardia con “la avanzada” en términos de conceptualización? Y así ad nauseam con una serie de preguntas que podrían configurar un cuerpo de problemas para nuestra débil historiografía.
Y la repercusión de esas preguntas está enfocada en la reproducción de la vida social, en cómo se comprende la actividad artística a lo largo y a lo ancho de la historia. Es, intuyo, un problema de densidad, de profundidad, y no un problema
No falta quien piensa que hacer historia es trabajar con documentos en la expectativa que estos nos hablen o que podamos encontrar algo en ellos. La existencia de archivos garantizaría la existencia de la historiografía. ¿Es así? Creo que no. El documento se interroga, se lee porque este no entrega nada por sí mismo. Sí “todo documento de civilización es a su vez un documento de barbarie”, si existe la posibilidad de que el documento hable por sí mismo este nos dice cosas en lenguas cruzadas. Por eso al documento se le interroga para encontrar los reversos de la trama más visible. Cuando digo esto lo hago en la perspectiva de ese cuerpo de problemas que mencionaba con anterioridad. Y ese es el aspecto investigativo que en Chile ni siquiera se piensa en abordar, o no aún. Y es una ventaja para lo que está por venir y que lentamente se está configurando.